El diminuto GIGANTE | The tiny GIGANT

El diminuto GIGANTE| Serie Fundamentos | 20190408

¿Donde radica la intensidad en cualquier objeto?

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No sé por qué, pero mirando juntos el edificio “Bounjor Tristesse”  de Alvaro Siza y un sofá de Hermann Czech, tengo la impresión que tanto el sofá podría ser un buen edificio, como el edificio potencialmente un confortable sillón.

Quizás sea el hecho de que la intensidad de cualquier objeto no depende del tamaño de éste, es decir, no se trata de una cuestión de escala, sino más bien de tensiones, compresiones y distensiones, de relaciones, conexiones y desconexiones, del coexistir de líneas rectas y curvas, estáticas y dinámicas, principios, intermedios, intersecciones y fines… quizás todo se trate del modo en el que se encuentran y coexisten opuestos; talvez sea cuestión de la proporción y el modo en que fuerzas contrarias componen un cuerpo.

Será por esto que al superponer sus plantas inmediatamente es posible viajar no a través del tiempo, sino más bien a través de las escalas. Me siento capaz de ser muy pequeño, tan diminuto como un roedor y posarme frente aquel objeto. Entrar por aquella concavidad delicada y sutil, allí donde se intersecan las dos extremidades, allí donde se repliega la superficie para dilatar la transición…

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La puerta de ingreso se apuesta levemente sobre el lado izquierdo del centro. Al traspasarla, inmediatamente se encuentran escalera y ascensor. El roedor sube directamente a la azotea, a unos 40 cm del suelo.  En lugar de encontrarse con un territorio rebozado de artefactos técnicos, cables, antenas, trastos, ventilaciones, conductos, basura y animales nocturnos esperando que anochezca para comenzar su día, camina sobre un terreno acolchonado y suave, de cuero agrietado, que se deforma bajo sus pasos. Desde las alturas, no ve los tejados y medianeras de una “pobre y sexy Berlín”, sino que se encuentra inmerso en la inconfundible atmósfera de un café vienés, habitado por pequeñas mesas cuadradas de marmol claro con una, dos o tres sillas a su alrededor, edificios acolchados similares en derredor junto a las paredes, nichos con espejos y desnudas bombillas sobre éstos, bóvedas ojivales pintadas pastel, azulejos de colores geométricos, lámparas de bronce, de ingreso un perchero y de fondo, una pequeña barra de madera con tres taburetes giratorios. A diferencia de Berlín, al café vienés “Klein” se lo podría describirse como “un escaparate austero en un lugar rico”.

Estos lugares adquieren atmósfera, o estas atmósferas intensidad, cuando son inundados por las conversaciones, risas y gritos, el chocar de disonantes copas, el apesadumbrar de las luces sobre las bóvedas, sumado al humo espeso del tabaco y la levitante nieve que cuando convergen tienen la capacidad de desacelerar el tiempo.

Decidió bajar y una vez fuera, había dejado de ser pequeño para convertirse en un gigante. Ahora miraba Berlín desde las alturas. Aprovechando sus nuevas capacidades fue a reconocer el territorio siguiendo la pista del antiguo muro, y éste lo llevo de Este a Oeste y de Norte a Sur. Al cabo de varias horas y habiendo visto lo suficiente, regresó sobre sus pasos al punto de partida. Tanto deambular ameritaba un descanso. Inspeccionó de un lado a otro en busca de un lugar cómodo donde reposar y al cabo de un momento de incertidumbre sus ojos se posaron nuevamente sobre el “Bonjour Tristesse”. Buscó la mejor posición y solo se dejó caer. Desde allí, pudo apreciar la inconfundible atmósfera de una ciudad centro-europea poblada de grúas, destruida casi por completo en un tiempo no muy lejano y que se regenera a toda máquina y sin descanso. Palacios lujosos y rincones cutres, pasados imperiales y presentes impensados. Frontera donde intersecaron ideologías antagónicas con objetivos similares. Una urbanidad ecléctica, heterodoxa y heterogénea, ferviente creyente y hereje predilecta.

Una urbanidad esquizofrénica.

Quizás el hecho de ver un edificio como un sillón y un sillón como un edificio  revela una verdad subyacente: La intensidad no depende del tamaño, de la materia ni del tiempo; sino tal vez de la proporción y la manera en la que se encuentran los opuestos que componen un objeto.

Bonjour Tristesse 3

Bonjour Tristesse . Alvaro Siza . Berlin . 1983

sofa

Sofá . Hermann Czech + Adolf Krischanitz  . Zurich . 1998

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(English version)

The tiny GIGANT | Fundament Serie | 20190408

Where inhabit the intensity of any object?

I don´t know why but looking “Bonjour Tristesse” Alvaro Siza´s building and Hermann Czech´s sofa together I have the impression that the sofa could be a nice building as well as the building a comfortable sofa.

Maybe the intensity of any object is not a question of size, but of tensions, compressions and distensions, relations, connections, and disconnections, the coexistence of straight and curved lines, statics and dynamics, beginnings, mids, intersections, ends… perhaps all is a question about the way opposites meet, maybe it is all about the proportion of contradictories forces conforming any object.

This is why by superimposing their plants immediately it is possible to travel not through time, but rather through the scales. Feel the ability to be very small, as tiny as a rodent and pose in front of that huge object. Enter through that delicate, elaborate and subtle concavity, where the two perpendicular extremities intersect, where the surface is folded to delay the transition between…

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The entrance door is placed slightly on the left side of the center. Immediately after cross it, stairs and elevator appear. the rodent climbed directly to the roof, about 40 cm from the ground. Instead of finding a territory covered with technical devices, cables, antennas, junk, vents, ducts, garbage and nocturnal animals waiting for dark to begin its day, it walked on a cushioned and soft ground of cracked leather, which deforms under its steps. From the top, it did not see the roofs and walls of a “poor and sexy Berlin”, but it was immersed in the unmistakable atmosphere of a Viennese café. Small square tables of light marble with one, two or three chairs around, similar padded buildings around the walls, niches with mirrors and bare bulbs on them, light painted ogival vaults, geometric colored tiles, bronze lamps, a coat rack like an entrance and in the bottom, a small wooden bar with three rotating stools. Unlike Berlin, the Viennese café “Klein” could be described as “an austere cave in a rich place”.

These places acquire atmosphere, or these atmospheres intensity when they are flooded by conversations, laughter and shouts, the clash of dissonant glasses, dissolved lights over the vaults, added to the thick smoke of the cigarettes and the levitating snow that when they converge have the ability to slow down the time.

The rodent decided to go down and once outside, it had stopped being small to become a giant. Now it was looking at Berlin from above. Taking advantage of its new capability decided to recognize the territory following the track of the old wall, from East to West and from North to South. After several hours and having seen enough, the giant went back to the starting point. A break was deserved. The giant inspected from one place to another searching for a comfortable place to rest. After a moment of uncertainty, his eyes focus on the “Bonjour Tristesse” again. He looked for the best position and just dropped down. From there, he could appreciate the unmistakable atmosphere of a central European city full of cranes, destroyed almost completely not so much time ago and that regenerates without rest. Luxurious palaces and crappy corners, imperial past and present unthinkable. A border where intersected antagonistic ideologies of similar objectives produce an eclectic, heterodox and heterogeneous urbanity, a fervent believer and a heretic agnostic at the same time: A schizophrenic kind of urbanity.

Perhaps the fact of seeing a building as a sofa and a sofa as a building reveals an underlying truth: Intensity does not depend on size, matter or time; but perhaps of the proportion and the way by which the opposites energies that compose an object are found.

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